Durante años nos dicen que trabajemos mientras somos jóvenes para poder vivir algún día.

Pero ¿qué ocurre si, cuando ese día finalmente llega, ya no tenemos la salud, la energía ni a las personas con las que queríamos compartirlo?

Hay algo extraño de lo que casi presumimos.

«Nunca he pedido una baja médica.»

«Tenía fiebre, pero fui a trabajar.»

«Apenas podía caminar del dolor, pero no quería dejar solos a mis compañeros.»

«Trabajé incluso estando enfermo.»

En muchos entornos laborales, estas frases no se consideran señales de alarma. Casi funcionan como medallas. Como prueba de responsabilidad. Como demostración de que somos «luchadores», difíciles de vencer y personas con las que el empleador puede contar.

Pero ¿qué se esconde realmente detrás de ese orgullo?

Quizá el hecho de que hemos aprendido a considerar nuestra propia salud como algo que puede gastarse por el trabajo.

Y luego, un día, cuando finalmente llega la jubilación, queremos recuperar todo aquello que hemos ido gastando durante años.

Buscamos una forma de volver a ser jóvenes.

Buscamos el suplemento adecuado, la terapia, el tratamiento, la operación, la rehabilitación, el «elixir de la juventud».

Buscamos otros veinte años de energía.

Y entonces el cuerpo nos recuerda aquello que llevamos décadas intentando ignorar.

La baja médica no es debilidad

Quizá deberíamos cambiar un mensaje social peligroso: estar de baja por enfermedad no significa falta de responsabilidad.

A veces significa exactamente lo contrario.

Quedarse en casa cuando estamos enfermos puede ser un acto de responsabilidad hacia nuestra propia salud, nuestra familia, nuestros compañeros y las personas a las que podríamos transmitir una infección.

Ir a trabajar enfermo no es automáticamente una prueba de compromiso.

A veces solo demuestra que hemos construido una sociedad en la que una persona teme valer menos si se enferma.

Y eso nos conduce a una pregunta incómoda:

¿Por qué estamos orgullosos de haber estado enfermos en el trabajo?

¿Por qué decir «nunca he cogido una baja» suena como si fuera una medalla?

Ninguna relación laboral puede devolvernos el sueño perdido, la salud que hemos descuidado durante años o el tiempo que ha pasado.

Y eso no significa que todos los empleadores sean malas personas.

Significa simplemente que el trabajo no es una relación familiar.

El empleador dirige una organización.

Nosotros tenemos una sola vida.

El trabajo puede continuar sin nosotros. Nuestro cuerpo no

Esta quizá sea una de las lecciones más importantes que debemos aprender.

Cuando enfermamos, el trabajo normalmente encontrará una manera de continuar.

Alguien cubrirá nuestro turno.

Alguien responderá al correo electrónico.

Alguien terminará el proyecto.

La empresa reorganizará el trabajo.

Pero nuestro cuerpo no tiene trabajador de reemplazo.

Si durante años lo empujamos más allá de sus límites, las consecuencias se quedan con nosotros.

Por eso resulta especialmente problemática una cultura en la que ausentarse por enfermedad se considera debilidad y acudir al trabajo con fiebre se presenta como heroísmo.

Esa cultura no produce trabajadores más sanos.

Produce personas que retrasan el momento de enfrentarse a su propia salud.

Y aplazar un problema no es lo mismo que resolverlo.

La medicina no conoce el concepto de «aguantaré hasta la jubilación»

El organismo humano no funciona según los años cotizados.

No existe ningún acuerdo interno que diga:

«Aguanta otros cinco años y después de jubilarte arreglaremos todo.»

El estrés prolongado, la falta de sueño, la sobrecarga física, la falta de actividad, una mala alimentación, el trabajo por turnos y la exposición profesional a distintos riesgos pueden dejar huella en la salud.

Algunas consecuencias aparecen gradualmente y permanecen invisibles durante años.

Y entonces llega la jubilación.

Por primera vez una persona tiene tiempo.

Pero ya no tiene el mismo cuerpo.

Por primera vez no tiene que levantarse a las seis de la mañana.

Pero le duelen las rodillas.

Por primera vez puede viajar.

Pero su salud se lo dificulta.

Por primera vez puede dedicar más tiempo a su familia.

Pero no tiene suficiente energía.

Por primera vez tiene libertad.

Pero debe ir de médico en médico.

Esa es la cruel ironía de un modelo que nos ha enseñado a posponer la vida para más adelante.

«Me estaba reservando para la jubilación», pero ¿realmente nos hemos cuidado?

Cuando hablamos de salud, solemos preguntar al individuo:

¿Haces suficiente ejercicio?

¿Comes de forma saludable?

¿Acudes a revisiones preventivas?

¿Duermes lo suficiente?

Todas son preguntas legítimas.

Pero hay otra que planteamos mucho menos:

¿Qué condiciones te ha proporcionado la sociedad para poder hacer todo eso?

Si una persona realiza un trabajo físicamente duro durante diez horas al día, cuida de sus hijos, tiene un largo trayecto hasta el trabajo y vive con ingresos inciertos, resulta difícil reducir su salud a una cuestión de disciplina personal.

La salud es una responsabilidad personal.

Pero no es únicamente una responsabilidad personal.

Las condiciones laborales, los ingresos, la educación, la vivienda, el acceso a la atención sanitaria y la seguridad social también influyen en la salud.

Por eso «cuidar la salud» no significa lo mismo cuando controlas tu propio tiempo que cuando casi todo el día está organizado alrededor del trabajo, el cuidado de otras personas y la supervivencia.

La jubilación no es un premio por todo lo que hemos soportado

A menudo imaginamos la jubilación como una recompensa.

Como si la sociedad dijera:

«Ya has trabajado bastante. Ahora puedes vivir.»

Pero ¿por qué una persona tendría que ganarse el derecho a vivir?

¿Por qué el tiempo libre, la familia, la cultura, los viajes, el ocio, los amigos y el desarrollo personal deberían empezar solo cuando ya no somos económicamente productivos?

La jubilación debería representar el derecho a una vejez digna, no una recompensa por lo bien que soportamos malas condiciones.

Por eso este asunto no es únicamente una cuestión de estilo de vida.

También es una cuestión de derechos humanos.

El derecho a la salud.

El derecho al descanso.

El derecho a unas condiciones de trabajo seguras y saludables.

El derecho a la seguridad social.

El derecho a la vida familiar y privada.

El derecho a la dignidad.

No son privilegios que una persona recibe cuando deja de trabajar.

Son derechos que debería disfrutar durante toda su vida.

No protegemos nuestra salud mientras trabajamos y después intentamos comprarla

Quizá aquí esté el núcleo del problema.

Durante nuestra vida laboral solemos tratar la salud como algo que podemos gastar.

«Solo hoy.»

«Solo esta semana.»

«Solo hasta terminar el proyecto.»

«Solo hasta terminar la temporada.»

«Solo hasta llegar a la jubilación.»

Y cuando la jubilación finalmente llega, descubrimos que la salud no puede recuperarse simplemente mediante una decisión.

Entonces comienza la búsqueda del elixir de la juventud.

La pastilla que devolverá la energía.

El tratamiento que devolverá la movilidad.

La terapia que borrará las consecuencias de décadas.

Pero la medicina no es una máquina del tiempo.

Puede tratar, ralentizar y mejorar muchas cosas.

No puede devolvernos los años.

No todos los trabajadores llegan a la jubilación con el mismo cuerpo

Hay otra injusticia de la que hablamos demasiado poco.

No todo el mundo realizó el mismo trabajo durante cuarenta años.

Alguien trabajó frente a un ordenador.

Alguien en una fábrica.

Alguien en la construcción.

Alguien en el sistema sanitario.

Alguien trabajó de noche.

Alguien levantó peso durante décadas.

Alguien trabajó con productos químicos, ruido, polvo o temperaturas extremas.

Alguien cargó cada día con la responsabilidad sobre otras personas, el agotamiento emocional y el estrés.

Y al final todos reciben el mismo nombre: jubilado.

Pero sus cuerpos no llegan a la jubilación en el mismo estado.

Por eso la justicia en las pensiones no puede ser únicamente una cuestión de dinero.

También debe ser una cuestión de años de vida saludable.

¿Cuántos años después de jubilarse puede una persona vivir realmente de manera autónoma, moverse, viajar, relacionarse, cuidarse y hacer aquello que le gusta?

Quizá la calidad de los años después de la jubilación sea una cuestión tan importante como el número de años que vivimos.

No necesitamos una vida que empiece a los 65 años

Quizá sea hora de abandonar la idea de que la vida tiene tres fases:

educación, trabajo, vida.

¿Por qué la última fase debería comenzar únicamente con la jubilación?

Una persona necesita una vida a los 25, a los 35, a los 45 y a los 55 años.

Necesita descanso, familia, amigos, salud, cultura, ocio, amor, sueño, sentido y tiempo para sí misma.

No podemos decir durante cuarenta años que «algún día» tendrán tiempo y luego sorprendernos cuando llegan a la vejez con enfermedades crónicas y poca energía para utilizar ese tiempo.

Una sociedad que quiera una vejez más saludable debe empezar a construirla mientras las personas todavía están trabajando.

No con suplementos.

No con tratamientos milagrosos.

Sino con mejores condiciones laborales, prevención, atención sanitaria accesible, derecho al descanso, protección de la salud mental, intervención temprana y una cultura en la que una baja médica no sea motivo de vergüenza.

Quizá la responsabilidad tenga exactamente el aspecto contrario

Quizá ya no deberíamos sentir orgullo al decir:

«Nunca he estado de baja.»

Quizá una frase más saludable sería:

«Cuando estuve enfermo, me quedé en casa y me recuperé.»

Porque un trabajador que toma una baja médica no ha traicionado su trabajo.

Se ha protegido.

Y una empresa capaz de funcionar cuando una persona está enferma demuestra que está organizada.

Una empresa que no puede funcionar sin una persona con fiebre quizá no tenga un problema con la responsabilidad de ese trabajador.

Quizá tenga un problema con su propia organización.

Por eso deberíamos dejar de glorificar el agotamiento.

Ignorar el propio cuerpo no es valentía.

Enfermar por el trabajo no es responsabilidad.

Llegar a la jubilación a cualquier precio no es éxito.

El verdadero éxito sería llegar a ella con la mayor cantidad posible de vida preservada dentro de nosotros.

Porque un empleador quizá pueda encontrar a alguien que nos sustituya en el trabajo.

Pero no existe sustituto para nuestro cuerpo.

No existe sustituto para nuestra salud.

No existe sustituto para los años perdidos.

Y ninguna jubilación puede devolver una vida que hemos pasado décadas aplazando.

Por eso la pregunta ya no es únicamente:

«¿Cuánto cobraremos de pensión?»

También debemos preguntar:

«¿En qué estado llegaremos a la jubilación?»

Y quizá aún más importante:

¿Es el objetivo de una sociedad simplemente garantizar una pensión, o permitir que una persona no tenga que esperar hasta jubilarse para tener derecho a una vida?