Cuando intentamos comprender por qué alguien vota por una determinada opción política, solemos empezar por analizar lo que esa opción ofrece: su programa, sus medidas económicas, sus posiciones sobre asuntos importantes o los resultados de su gestión.

Damos por supuesto que el votante reúne información, compara alternativas y elige la opción que le proporciona el mayor beneficio. Esa es la lógica de la elección racional: ¿qué quiero, cuáles son mis opciones y qué ocurrirá si elijo una de ellas?

El problema es que el votante real no se comporta exactamente así.

Las personas no disponen de suficiente tiempo, información ni energía cognitiva para convertir cada decisión política en un cálculo detallado. En su lugar, utilizamos lo que Herbert Simon denominó racionalidad limitada. Esto significa que tomamos decisiones basándonos en la información que tenemos y en una solución que consideramos suficientemente buena, utilizando el menor esfuerzo cognitivo posible.

En este proceso desempeñan un papel importante las heurísticas, los sesgos cognitivos y también las emociones.

Por eso, la cuestión no es simplemente si los votantes votan de manera racional o emocional. Resulta mucho más útil preguntarnos cómo las emociones se convierten en parte de la forma en que el votante evalúa la realidad política.

La ira, el miedo y la esperanza no conducen a la misma elección

Jon Elster no considera las emociones como lo contrario del pensamiento, sino como estados mentales que influyen tanto en el comportamiento como en la formación de creencias. Una emoción puede activarse por la forma en que evaluamos nuestras propias acciones, el comportamiento de otras personas o una determinada situación.

La ira, por ejemplo, puede aparecer cuando evaluamos el comportamiento de otra persona como negativo o perjudicial hacia nosotros, mientras que el resentimiento o la indignación pueden surgir al considerar que otra persona ha recibido un trato injusto. El miedo y la esperanza, por su parte, están vinculados con la incertidumbre sobre lo que podría ocurrir.

En política, esta diferencia es importante porque un votante enfadado no evalúa la oferta política de la misma manera que un votante asustado.

La ira puede aumentar la disposición a castigar a quienes el votante considera responsables de un problema. La elección deja entonces de ser únicamente qué programa me conviene más y pasa también a incluir quién debe pagar el precio por lo ocurrido.

El miedo puede tener un efecto diferente. Aumenta la importancia del riesgo y puede hacer que el votante se incline hacia una opción más segura y conocida.

La esperanza, en cambio, puede abrir espacio al cambio, especialmente cuando el votante comienza a creer que un resultado diferente no solo es deseable, sino también posible. Algo parecido pudo observarse durante la ola de protestas estudiantiles en Serbia que se desarrolló después del derrumbe de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad en noviembre de 2024. La sensación de que el cambio realmente puede ser posible puede tener tanta importancia política como el descontento con la situación existente.

Las emociones cambian nuestra forma de interpretar los hechos

Aquí aparece otra cuestión importante. Las emociones no tienen por qué producir directamente una elección política. Pueden cambiar la forma en que interpretamos la información sobre la que basamos esa elección.

Elster señala precisamente que las emociones pueden influir en nuestras creencias. Una emoción intensa puede hacer que determinada interpretación de la realidad nos parezca mucho más convincente de lo que sería si observáramos la misma situación con una carga emocional menor.

Imaginemos a un votante que lleva años creyendo que «los políticos solo miran por sus propios intereses». Si le mostramos un estudio que indica lo contrario, no basta con asumir que la nueva información cambiará automáticamente su opinión.

Su desconfianza no es únicamente una posición sobre los hechos. Puede estar relacionada con experiencias, decepciones y emociones que, con el tiempo, se han asociado a la política y a las instituciones. Por eso puede interpretar la misma información de manera completamente distinta a un votante que ya confía en las instituciones.

Las personas, por tanto, no reaccionan únicamente a la información. También reaccionan al significado que le atribuyen.

Los atajos mentales de la elección política

Aquí entran en escena también los sesgos cognitivos.

El sesgo de confirmación (confirmation bias) describe nuestra tendencia a prestar más atención a la información que confirma aquello en lo que ya creemos.

Un votante que ya cree que determinado político es corrupto aceptará con mayor facilidad una noticia que confirme esa sospecha, mientras que quizá preste menos atención a la información que la contradiga.

La heurística de disponibilidad hace que evaluemos la probabilidad o importancia de un acontecimiento según la facilidad con la que podemos recordarlo.

Si un votante acaba de ver un reportaje sobre violencia, corrupción o una crisis migratoria, ese tema puede volverse psicológicamente mucho más importante que unas horas antes. No porque objetivamente haya adquirido mayor importancia, sino porque se ha vuelto mentalmente más accesible.

De manera similar funciona el efecto de encuadre (framing effect).

Una misma medida económica puede presentarse como «un aumento salarial de 20.000 dinares» o como «una nueva carga fiscal destinada a financiar el aumento de los salarios». La medida puede ser la misma, pero la forma en que se presenta puede generar una reacción emocional diferente.

En comunicación política, por tanto, no basta con preguntar qué se le dijo al votante. También es importante analizar cómo se encuadró la información y qué emoción produce ese encuadre.

Una campaña que habla de «peligro», «amenaza» y «pérdida» no se limita a comunicar un programa político. Activa un marco emocional a través del cual el votante puede después observar las opciones políticas.

Lo mismo ocurre con los mensajes que generan orgullo, pertenencia, esperanza o sensación de injusticia.

El sesgo de anclaje (anchoring bias) funciona haciendo que, al tomar una decisión, dependamos demasiado de la primera información que recibimos.

Si un político afirma primero que un proyecto costará mil millones de euros, una estimación posterior de 700 millones puede parecer razonable o incluso favorable al votante, aunque en realidad no disponga de información suficiente para valorar si alguna de las dos cifras es realista. La primera cifra ha establecido un punto de referencia psicológico.

Por otro lado, la devaluación reactiva (reactive devaluation) muestra que no evaluamos una propuesta política únicamente por su contenido, sino también en función de quién la presenta.

Una misma propuesta puede ser rechazada cuando procede de un adversario político y aceptada cuando la presenta una opción en la que el votante confía. El origen de la propuesta influye así en la valoración de su contenido.

En otras palabras, el votante no reacciona únicamente a lo que se dice, sino también a quién lo dice, cómo lo dice y qué significado tiene ya ese mensaje dentro de su visión del mundo.

Emoción no significa irracionalidad

Es importante destacar que el hecho de que las emociones influyan en los votantes no significa automáticamente que estos sean «irracionales», ni que la comunicación política pueda reducirse simplemente a la manipulación emocional.

Las emociones forman parte de la manera en que las personas dan significado a los acontecimientos políticos.

El miedo puede ser una respuesta completamente justificada ante una amenaza real. La ira puede ser una reacción ante una injusticia. La esperanza puede surgir cuando aparece una posibilidad real de cambio. El problema comienza cuando una reacción emocional cierra el espacio para verificar los hechos, cambiar de opinión o considerar seriamente un argumento diferente.

El problema comienza cuando la emoción sustituye toda posibilidad de reconsideración.

Por eso, para comprender el comportamiento político resulta más útil observar al votante como un homo (almost) economicus, alguien que desea tomar una buena decisión, pero que también quiere llegar a ella con el menor esfuerzo cognitivo posible.

La elección política se convierte entonces en una combinación de intereses, experiencias, identidad, emociones, normas sociales y atajos mentales.

Cómo se forma realmente una opinión política

Al final, quizá lo más importante sea precisamente que las emociones no aparecen únicamente después del pensamiento político. A menudo participan en el propio proceso mediante el cual ese pensamiento se forma.

El votante no elige únicamente entre candidatos y programas. También elige entre distintas interpretaciones de su propia experiencia: en quién confía, qué teme, qué le provoca ira, qué espera y qué considera justo.

Cuando comprendemos estos mecanismos, resulta más claro por qué el mejor argumento político no siempre es el que formalmente parece más lógico.

A menudo, el mensaje políticamente más convincente es aquel que consigue conectar con lo que el votante ya siente, recuerda y considera importante.