El célebre filósofo alemán Immanuel Kant afirma en su ensayo filosófico «Idea de una historia universal en sentido cosmopolita»: «Aus so krummem Holze, als woraus der Mensch gemacht ist, kann nichts ganz Gerades gezimmert werden.» Traducido del alemán, esto significaría: «De una madera tan torcida como aquella de la que está hecho el ser humano no puede tallarse nada completamente recto.» Kant lo plantea en la sexta proposición de la obra, explicando que al ser humano, como ser que necesita un señor que limite su arbitrariedad, le resulta imposible establecer un poder perfectamente justo, porque ese mismo señor no es más que otro ser humano, hecho de la misma «madera torcida».
Kant propone que, puesto que las personas no pueden alcanzar por sí mismas la perfección, el problema se resuelva mediante un diseño inteligente de instituciones y leyes que orienten y canalicen el egoísmo y la vanidad humanos hacia el bien común. A través del mecanismo de la «insociable sociabilidad», en el que el antagonismo y la competencia innatos empujan a las personas a desarrollar la razón, la humanidad se ve obligada a construir una sociedad civil justa en la que la libertad de cada individuo esté limitada únicamente por la libertad de los demás.
Dado que ningún Estado puede progresar de manera permanente en una situación de guerra constante, la propuesta final de Kant es la asociación gradual en una federación cosmopolita de pueblos que, mediante el derecho internacional, garantice una paz duradera y permita el desarrollo progresivo, generación tras generación, de todo el potencial humano.
Funcionalidad en lugar de transformación moral
Las sociedades occidentales, europeas o liberal-democráticas se apoyan en gran medida en esta idea. La secularización, como proceso de varios siglos, fue desplazando progresivamente al cristianismo de la regulación normativa directa de las sociedades de Europa occidental. Al mismo tiempo se fue formando el sistema contemporáneo de valores occidentales, que en gran medida parte de la premisa de que el ser humano, precisamente por sus limitaciones y su egoísmo, no puede constituir el fundamento de una sociedad perfectamente justa. Por ello, el orden social se construye mediante instituciones, reglas y procedimientos destinados a limitar las debilidades humanas y orientar el comportamiento hacia el interés común.
Un sistema de este tipo no tiene por qué basarse en la transformación moral del individuo. Establece límites, define reglas, introduce sanciones y, «por mantener la paz en casa», procura crear una sociedad en la que una persona no tenga necesariamente que ser moral para que sus actos sean socialmente aceptables y funcionales.
El individuo de Europa occidental, o el individuo en una democracia liberal, debe ante todo respetar las leyes y los procedimientos e intentar no vulnerar la libertad de los demás. No se le exige alcanzar algún ideal universal de perfección moral, sino adaptar su comportamiento a las reglas que se aplican a todos. De este modo, el sistema de sanciones e instituciones asume parte de la función que antiguamente correspondía a la autoridad moral: corrige el comportamiento individual y estimula a la persona a convertirse en un miembro funcional de la sociedad, independientemente de sus cualidades morales personales.
De vez en cuando, este sistema se enfrenta a problemas graves: gobernantes autoritarios pueden abusar de las instituciones, aparecen escándalos de corrupción y los ciudadanos salen a protestar por problemas socioeconómicos y otras formas de descontento. Sin embargo, el propio sistema procura sobrevivir precisamente gracias a una visión profundamente realista y, en cierto sentido, pesimista del ser humano. Cuando surge un problema, la respuesta suele buscarse en el fortalecimiento de las instituciones, las sanciones, el control y la regulación, y no necesariamente en el cambio moral del individuo.
Esta idea, en diferentes formas y a través de distintas influencias históricas, constituye uno de los fundamentos importantes del orden institucional europeo contemporáneo, incluida la Unión Europea. En este sistema, el énfasis recae ante todo en la sociedad, las instituciones y las reglas, mientras que al individuo se le deja espacio para la «libertad y autonomía individuales».
Los límites de la autonomía individual
Sin embargo, es precisamente aquí donde surge la cuestión del alcance real de esa autonomía. Formalmente, el individuo dispone de libertad de elección, pero su comportamiento está al mismo tiempo determinado por las leyes, las relaciones económicas, las instituciones y normas sociales más amplias. Desde esta perspectiva, la crítica de la democracia liberal contemporánea puede dirigirse a la cuestión de si la autonomía individual es realmente completa o si se encuentra, en una medida significativa, limitada por el sistema al que está subordinado el individuo. En particular, cabe preguntarse hasta qué punto las libertades individuales proclamadas son verdaderamente autónomas en una sociedad que, al mismo tiempo, está fuertemente moldeada por la lógica del capitalismo, el mercado y los intereses institucionales.
La falta de fundamento moral de un sistema puede observarse fácilmente también a través de diferentes problemas a los que estas sociedades se enfrentan en el plano personal. Durante las últimas décadas, las enfermedades mentales como la depresión, la ansiedad y diversos trastornos neuróticos y psicóticos han aumentado en la mayoría de los países europeos. El alcoholismo, el consumo de drogas blandas y duras, así como los comportamientos promiscuos y las enfermedades de transmisión sexual, también están en aumento.
La secularización de la sociedad, la expulsión de la moral de la vida pública y una forma de egoísmo se han convertido en patrones predominantes de vida en las democracias liberales. Naturalmente, esta forma de egoísmo está controlada en gran medida, irónicamente, por el egoísmo de los demás, de ahí tantas neurosis y psicosis. Todo ello puede «tratarse» con antidepresivos y ansiolíticos, de modo que la sociedad europea contemporánea es al mismo tiempo depresiva, ansiosa y psicótica, pero funcional.
La mayoría de las cosas funcionan, desde la política y la economía hasta la cultura. Por mucho que los críticos de este sistema hablen del final de Occidente, de su profunda corrupción o del colapso de las democracias liberales, estos Estados funcionan porque, en última instancia, la funcionalidad de las instituciones es precisamente lo esencial para una democracia liberal.
La democracia europea contemporánea parte, en este sentido, de la premisa de que el ser humano es imperfecto y que, precisamente por ello, la sociedad no puede apoyarse en su moralidad, sino en instituciones que deben asegurar que se convierta en un miembro útil y funcional de la sociedad.
El modelo islámico: educación moral del individuo
El modelo opuesto a este sistema de instituciones y sanciones es la educación islámica del ser humano, es decir, del individuo. En el centro del sistema islámico no están las instituciones, las leyes ni las sanciones, sino la educación del individuo. El islam como religión no ha atravesado un proceso de secularización y quizá hoy sea imposible compararlo con otras religiones, especialmente con el cristianismo, ya que muchas sociedades que antes eran predominantemente cristianas han excluido actualmente la religión de la vida pública. No obstante, el islam resulta relevante para la comparación debido a su énfasis en la educación moral del individuo y porque representa un sistema orientado permanentemente a la construcción de una persona moral, mientras las instituciones, las reglas y las leyes quedan en un segundo plano.
También existe una diferencia importante en el proceso de adquisición del conocimiento. En Occidente, el conocimiento es técnico y está separado de la moral, mientras que en el islam el conocimiento y la moral son inseparables. En la tradición islámica, la formación de la persona no se limita únicamente a la transmisión del conocimiento, sino que comprende tres procesos relacionados entre sí: tarbiya, tazkiya y adab. Tarbiya implica la educación y formación progresiva de la persona, el desarrollo de sus capacidades, su carácter y su responsabilidad; tazkiya significa purificación interior y perfeccionamiento moral, es decir, el trabajo sobre las propias debilidades, pasiones y acciones; mientras que adab representa la manera en que esa formación interior se manifiesta en la relación con Dios, con uno mismo y con los demás, mediante la mesura, el respeto, la dignidad y un comportamiento responsable.
Por ello, en esta tradición una persona instruida no se considera necesariamente una persona moralmente formada. El conocimiento en sí mismo no constituye el objetivo final: su valor se demuestra únicamente cuando transforma el carácter y el comportamiento de la persona. Precisamente por ello, la educación moral no es un complemento de la educación, sino uno de sus objetivos más importantes: convertir a una persona que sabe algo en una persona que sabe cómo y por qué debe utilizar ese conocimiento.
Uno de los mayores eruditos islámicos, Al-Ghazali, escribe en su obra «La revivificación de las ciencias religiosas»: «El ser humano debe esforzarse por realizar acciones que surjan de un buen carácter, hasta que estas se conviertan en hábito y en una especie de segunda naturaleza.» Ibn Jaldún dice en su «Muqaddima»: «Cuando las costumbres propias del bien entran primero en el alma de una buena persona y su alma adquiere el hábito del bien, esa persona se aleja del mal y le resulta difícil hacer cualquier cosa mala. Lo mismo se aplica a una mala persona cuando las costumbres propias del mal la dominan primero.»
El islam es, en realidad, un sistema integral basado en la educación del individuo, quien posteriormente debe construir la sociedad y de ese modo realizar su autonomía.
Instituciones de educación moral
En el corazón de ese sistema se encuentran las instituciones, ante todo religiosas, desde los mektebs y las madrasas hasta las facultades de teología islámica, cuya tarea consiste en formar a quienes posteriormente enseñarán moral a la sociedad. Antiguamente, en los auténticos Estados islámicos, existían muchas más organizaciones, instituciones y procedimientos cuya función principal consistía en desarrollar el carácter moral del ser humano.
En la época contemporánea, particularmente en el caso de los bosníacos, es decir, en Bosnia y Herzegovina y Sandžak, una institución de este tipo es la Comunidad Islámica, y ante todo la mezquita, como lugar donde los musulmanes se reúnen al menos cinco veces al día y escuchan una vez por semana la jutba, es decir, un sermón sobre el comportamiento moral.

Tampoco debe olvidarse la tekke como un tipo de institución que durante siglos fue un lugar de educación moral de los individuos. Sin embargo, en las regiones donde hoy viven los bosníacos, esta institución está más o menos marginada y su influencia sobre los musulmanes es bastante limitada. La Comunidad Islámica, la mezquita y el yamaat siguen siendo instituciones que hoy educan a los individuos, y hay que reconocer que esta tarea avanza con bastante dificultad.
Los bosníacos entre dos sistemas
En las condiciones contemporáneas, donde el islam ha sido secularizado de tal manera que la educación moral del individuo ha pasado a un segundo plano frente a la parte ceremonial del islam, es decir, los rituales religiosos y la preservación de los símbolos islámicos, resulta cuestionable si la educación moral es siquiera posible. En esta situación, los bosníacos, que desde el punto de vista civilizatorio pertenecen tanto a Occidente como al islam, se encuentran ante una elección difícil.
Hay que elegir entre la funcionalidad de un Estado o una comunidad y la educación moral. La situación actual es la menos favorable y, en esencia, no representa una elección entre dos opciones, sino un intento de equilibrio entre ambas. Este equilibrio produce una situación en la que el sistema es disfuncional y, al mismo tiempo, las personas carecen de educación y orientación moral, es decir, la peor opción posible.
Entre los bosníacos existe una profunda convicción de que la educación moral en el islam es la única opción correcta, pero no se avanza hacia ella porque, al mismo tiempo, el sistema occidental de reglas y sanciones se considera funcional. Lo desfavorable de esta situación se refleja precisamente en que se habla favorablemente del sistema occidental, se cree que la educación moral a través del islam es el camino más correcto, pero no se elige ninguno de los dos sistemas.
Dentro de la comunidad bosníaca, esto genera un alto grado de frustración: se desea funcionalidad para que la vida sea más fácil, pero nadie está dispuesto a renunciar públicamente al modelo islámico de educación. Las frustraciones llegan hasta el punto de que algunos intentan incluso combinar ambos sistemas conservando los elementos fundamentales de los dos.
Alija Izetbegović, Muamer Zukorlić y la cuestión del híbrido
A modo de aclaración, esto no es completamente imposible. Es posible tener un sistema occidental con determinados elementos de educación moral islámica, como el que promovía Alija Izetbegović, o un sistema islámico de educación moral con algunas instituciones del sistema occidental, como el que promovía Muamer Zukorlić.

Esto, naturalmente, se analiza en el plano declarativo. En términos prácticos, Alija Izetbegović insistía mucho más en la educación moral, mientras que Muamer Zukorlić tenía una «naturaleza más pragmática». Sin embargo, tener un sistema situado exactamente en medio de estos dos modelos es, en esencia, imposible.
Combinar los fundamentos de estos sistemas resulta difícil, porque uno parte de la sociedad como elemento central, mientras que el otro coloca al individuo en el centro. Uno toma la funcionalidad como valor de referencia, mientras que el otro toma la moral. En sus fundamentos, estos dos principios, o valores, suelen ser opuestos. Lo moral no tiene por qué ser funcional, mientras que lo funcional es a menudo inmoral.
Libertad, justicia y modelo dominante
Algo similar ocurre con valores como la libertad y la justicia. Una comunidad debe decidir qué valor considera más importante. Donde existe mucha libertad hay menos orden y, en consecuencia, menos justicia. Donde se aspira a la justicia, muchas personas renuncian a una parte de su libertad en favor del orden o de la justicia. Por lo tanto, resulta muy difícil construir sociedades que se encuentren exactamente en el centro, es decir, que sean al mismo tiempo libres y justas.
En consecuencia, las sociedades occidentales son más funcionales, pero cuentan con menos libertades y, por ello, relativamente hablando, son también más justas. Por otro lado, el sistema islámico implica una justicia fundamentada en la moral. Estos dos sistemas pueden tener formas híbridas, pero uno de ellos debe ser más dominante que el otro. Un sistema situado exactamente en el centro, si llegara a funcionar, funcionaría durante muy poco tiempo y con grandes problemas.
Sandžak y el precio de la indecisión
Por tanto, hay que elegir entre funcionalidad y moral, y esta elección debe hacerse cuanto antes. La opción que existe actualmente es la disfuncionalidad y la inmoralidad, lo que representa la situación menos favorable. Esto resulta aún más visible en Sandžak, en parte porque los bosníacos de Sandžak, en esencia, no conocen ni Occidente ni el sistema islámico de educación, y en parte porque viven en Serbia, un Estado cuya población mayoritaria profesa otra religión y cuyo sistema tampoco es especialmente funcional, sino que se basa en gran medida en la economía sumergida y en un desafortunado equilibrio geopolítico entre Occidente y Oriente.

Por tanto, los bosníacos deben decidir ideológicamente cuanto antes en qué sistema desean vivir, es decir, qué sistema debe ser predominante en sus vidas. La situación actual, en la que la mayoría cree estar equilibrando dos sistemas, es en realidad una ilusión. No existe ningún equilibrio verdadero: si alguien no elige, la elección se le asigna por sí sola y, por regla general, lamentablemente acaba siendo la peor.
Así, a los bosníacos, y especialmente a los habitantes de Sandžak, les han correspondido la disfuncionalidad y la falta de educación moral. Si trazáramos un paralelismo con los serbios o con el Estado de Serbia y sus intentos de equilibrarse entre la Unión Europea, por un lado, y China y Rusia, por otro, ese equilibrio ha producido en realidad la situación menos favorable: se han adoptado las características negativas de ambos sistemas.
Una gran parte de la población se ha vuelto fría y tecnocrática, como la población de la Unión Europea, pero al mismo tiempo el Estado sigue siendo disfuncional. Del Este se ha tomado el autoritarismo, mientras que simultáneamente existe un alto grado de desorden y tampoco queda demasiado de aquella «calidez y hospitalidad oriental».
Si se observa más atentamente, Belgrado constituye un buen ejemplo. La población tiene un menor grado de empatía, mientras que al mismo tiempo nada funciona. La mayoría de la población es religiosa o supersticiosa, como ocurre en las sociedades orientales, pero al mismo tiempo es amoral y carece de valores claramente definidos. La corrupción y la injusticia se consideran constantemente algunos de los mayores problemas.
Todos estos fenómenos pueden observarse como consecuencia de los intentos de equilibrio y del hecho de que, cuando se intenta equilibrar dos sistemas sin una elección clara, la elección termina imponiéndose por sí sola y, por regla general, es la peor.
Yugoslavia y Eslovenia como ejemplos de una dirección elegida
Buenos ejemplos históricos y contemporáneos de elección serían Yugoslavia durante el socialismo y la actual República de Eslovenia.
La RFSY puede considerarse un híbrido de un sistema político oriental y un modelo social occidental, en el que, especialmente a partir de la década de 1960, los elementos occidentales fueron adquiriendo cada vez más predominio. Aunque el Estado mantuvo un sistema de partido único, algunos elementos de planificación y la ideología socialista, la vida cotidiana, la economía y la cultura se fueron acercando cada vez más a Occidente: autogestión desarrollada y elementos de mercado en la economía, iniciativa privada en determinados sectores, libertad para viajar y trabajar en Europa occidental, consumo masivo y fuerte influencia de la cultura occidental. Por ello, la RFSY no representaba un equilibrio entre Oriente y Occidente, ni su fuerza procedía de un intento de pertenecer por igual a ambos modelos. Al contrario, era un sistema que poseía un componente occidental claramente dominante, mientras conservaba determinados elementos políticos e ideológicos del modelo oriental. Precisamente por ello es importante comprender que un híbrido no significa un equilibrio neutral entre dos modelos, sino elegir una dirección dominante y adoptar de manera selectiva elementos útiles del otro. Yugoslavia, aunque formalmente socialista y oriental, era predominantemente occidental y orientada al mercado. El mercado funcionaba, pero existía como correctivo la autogestión socialista, que aspiraba a la igualdad y la justicia.
La actual República de Eslovenia es también una especie de híbrido, pero un híbrido con una orientación claramente elegida. Pertenece al mismo tiempo al espacio centroeuropeo y balcánico, pero política, económica y socialmente está fuertemente orientada hacia Europa y las instituciones occidentales. Del mismo modo, su modelo económico representa una combinación de capitalismo de mercado y un Estado social relativamente fuerte: la propiedad privada, la competencia y el mercado constituyen la base de la economía, mientras que las instituciones públicas garantizan protección social, servicios públicos y mecanismos de redistribución. Por tanto, aquí tampoco el híbrido significa equilibrarse entre dos mundos, sino elegir claramente un modelo dominante y adoptar elementos del otro allí donde contribuyan a su funcionalidad.
Una sociedad funcional con espacio para la educación moral
En consecuencia, el autor del texto considera que los bosníacos deben hacer una elección cuanto antes, aunque también muestra una preferencia por el híbrido defendido por Alija Izetbegović. Se trataría de un modelo basado en la funcionalidad, según el cual las personas deben ser, ante todo, útiles y no necesariamente buenas, aunque dejando espacio para instituciones de educación moral. En el continente europeo, basado en gran medida en la funcionalidad y separado de los fundamentos morales tradicionales, un sistema basado en la educación moral del individuo podría ser considerado automáticamente hostil, especialmente cuando se trata de educación islámica. Por tanto, la elección debe hacerse, y el autor recomienda un sistema híbrido de sociedad occidental con determinados elementos de educación moral.
La esencia de la elección, sin embargo, consiste en que la sociedad debe ser ante todo funcional. Las instituciones deben producir orden, responsabilidad y resultados útiles, y del individuo se espera, sobre todo, que sea capaz de contribuir a la comunidad. Por ello, la educación moral no debe constituir la base del sistema social, sino su importante correctivo, un espacio en el que la persona no aprenda únicamente cómo ser funcional, sino también por qué debe hacer determinadas cosas. En este sentido, para los bosníacos, y especialmente para los bosníacos de Sandžak, el modelo más realista es una sociedad funcional con un espacio limitado pero preservado para la educación moral.

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