El cambio climático suele asociarse con el aumento de las temperaturas, las inundaciones, las sequías y otros cambios que afectan directamente a las personas y a la naturaleza. Mucho menos se habla de su impacto sobre aquello que permanece después de las generaciones: fortalezas, iglesias, edificios antiguos, yacimientos arqueológicos y otras huellas del patrimonio cultural.
La piedra, la madera y el metal no existen al margen del clima.
Los cambios de temperatura, humedad, precipitaciones e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos modifican las condiciones en las que sobreviven los bienes culturales. Lo que fue construido hace varios siglos está hoy expuesto a circunstancias que quizá no existían con la misma intensidad cuando se levantaron esos edificios.
En Serbia, este problema está cada vez más relacionado con la cuestión de cómo conservar el patrimonio cultural en las condiciones creadas por el cambio climático.
Cuando el clima empieza a modificar los monumentos
El patrimonio cultural inmueble comprende estructuras muy diferentes: desde yacimientos arqueológicos y edificios religiosos medievales hasta conjuntos históricos, fortalezas y otros monumentos culturales.
Sus materiales reaccionan de manera diferente a los cambios del entorno.
La piedra y el metal están expuestos a ciclos continuos de calentamiento y enfriamiento. Durante las olas de calor, los materiales se expanden, mientras que una caída repentina de la temperatura provoca su contracción.
La repetición de este proceso puede provocar con el tiempo microfisuras, fatiga de los materiales y desprendimiento de partes de la estructura.
El agua crea un problema adicional.
Las precipitaciones intensas y las inundaciones repentinas pueden amenazar directamente la estabilidad de las estructuras, mientras que el aumento de la humedad, las heladas y las sales aceleran el deterioro de la piedra, el mortero y otros materiales de construcción.
Por otro lado, las sequías prolongadas y una fuerte radiación solar aceleran la evaporación del agua de los poros de la piedra. Al evaporarse el agua quedan sales que pueden cristalizar dentro del material, generar presión y destruir gradualmente sus capas superficiales.
El problema no es solo la temperatura
El riesgo climático no termina con las olas de calor.
Las precipitaciones intensas pueden aumentar la inestabilidad del suelo y contribuir a deslizamientos y desprendimientos de rocas. La investigación señala especialmente partes de Ponišavlje y del oeste de Serbia como ejemplos de territorios donde la inestabilidad geomorfológica puede representar un riesgo adicional para los bienes culturales.
El viento también puede convertirse en un factor de degradación.
Las partículas de polvo, arena, hielo o nieve transportadas por vientos fuertes actúan sobre la superficie de los monumentos como una lija extremadamente lenta. Tal vez el proceso no resulte dramático de un día para otro, pero con los años puede borrar detalles finos de esculturas, inscripciones y superficies de piedra.
En estructuras ya debilitadas, los vientos de tormenta pueden tener consecuencias mucho más inmediatas, desde daños en cubiertas y fachadas hasta riesgos para estructuras completas.
Por eso el patrimonio cultural no se deteriora únicamente debido a un gran acontecimiento. A menudo lo modifican cientos de pequeños procesos repetidos durante años.
La contaminación acelera aún más la degradación
Los factores climáticos actúan junto con la contaminación.
En los entornos urbanos, los contaminantes atmosféricos pueden contribuir al deterioro químico de fachadas y monumentos. En combinación con el agua y las altas temperaturas, determinados contaminantes intervienen en reacciones químicas que debilitan la piedra caliza, el mortero y otros materiales.
Los cambios en la temperatura y la humedad también pueden favorecer la aparición de plantas y otros organismos que antes no eran característicos de un determinado lugar.
Sus raíces pueden penetrar en las grietas existentes y dañar todavía más los muros y las estructuras de piedra.
De este modo, el cambio climático puede acelerar procesos que ya existían, pero hacerlos más frecuentes, intensos o difíciles de controlar.
Serbia debe observar lo que ocurre antes de que el daño sea visible
Una de las conclusiones centrales de la investigación es la importancia del monitoreo.
El enfoque tradicional suele reaccionar cuando el daño ya es visible. La protección contemporánea del patrimonio cultural intenta intervenir antes.
Los sensores instalados en las estructuras pueden controlar de manera continua la temperatura, la humedad del aire, la humedad de los muros, las vibraciones y las concentraciones de determinados contaminantes.
Estos datos permiten detectar cambios antes de que provoquen daños graves.
En lugar de esperar a que un muro se agriete, la idea es identificar las condiciones que podrían provocar esa grieta.
Esto exige cooperación entre conservadores, arquitectos, geólogos, especialistas en materiales, investigadores del clima e instituciones responsables de proteger el patrimonio cultural.
De este modo, el cambio climático también está modificando la propia lógica de la conservación.
La protección ya no puede basarse únicamente en la pregunta de cómo reparar lo que ya se ha dañado. Cada vez resulta más importante preguntarse cómo anticipar el riesgo.
De los nanorrevestimientos al escaneo 3D
Las tecnologías modernas ofrecen posibilidades de las que no disponían las generaciones anteriores de conservadores.
Una línea de desarrollo son los nuevos materiales de protección y los nanorrevestimientos, que pueden aumentar la resistencia de determinadas superficies al agua, la radiación ultravioleta y la degradación química.
Sin embargo, su aplicación debe adaptarse al material original para que una intervención destinada a proteger no termine convirtiéndose en una fuente de problemas.
Otra línea es la preservación digital.
El escaneo 3D y la fotogrametría permiten documentar con gran precisión elementos arquitectónicos y edificios completos.
Una copia digital no puede sustituir a un monumento.
Pero puede conservar información sobre su forma, su estructura y sus detalles incluso si el objeto físico sufre posteriormente daños graves.
Por ello, los archivos digitales pueden representar una capa adicional importante de protección del patrimonio cultural.
La protección también comienza alrededor del edificio
No todas las medidas son tecnológicas.
En los lugares amenazados por el agua, la erosión o la inestabilidad del suelo, los sistemas de drenaje, la estabilización del terreno y la gestión de las aguas superficiales y subterráneas pueden desempeñar un papel importante.
En edificios históricos también puede ser importante conservar o restaurar sistemas tradicionales de ventilación que permitan controlar de forma natural la humedad interior.
En otras palabras, la protección de un monumento a veces empieza mucho más allá del propio muro.
Empieza en el suelo, el agua, la vegetación y el espacio que lo rodea.
El patrimonio cultural no es solo una cuestión de materiales
Quizá la parte más importante del problema se encuentre más allá de la propia piedra.
El patrimonio cultural forma parte de la manera en que las comunidades entienden su pasado y su pertenencia.
Por eso, la desaparición de un edificio no supone únicamente una pérdida física.
Con él puede desaparecer una parte de la memoria local, de las historias vinculadas a un lugar concreto y del sentimiento de continuidad entre generaciones.
La investigación señala precisamente esta relación entre la conservación de los bienes culturales y la preservación de la identidad colectiva.
Si desaparece el espacio en el que la historia de una comunidad dejó una huella física, también cambia la manera en que esa comunidad puede recordarse a sí misma.
Por eso no basta con entender la protección del patrimonio frente al cambio climático exclusivamente como una cuestión técnica de conservación.
Es al mismo tiempo una cuestión de cultura, medio ambiente, desarrollo local, educación y política pública.
La comunidad local no puede seguir siendo solo espectadora
La investigación dedica especial atención al papel de la educación y de la población local.
La protección profesional por sí sola no es suficiente si quienes viven cerca de un bien cultural no comprenden los riesgos a los que está expuesto.
La educación ambiental puede ayudar a los habitantes a reconocer cambios, comunicar problemas y participar en el diseño de medidas locales de protección.
Una de las propuestas que aparece en la investigación es la creación de servicios locales especializados, como «eco-patrullas», que podrían observar la relación entre las condiciones ambientales y los riesgos para los bienes culturales.
La idea es sencilla.
La conservación del patrimonio no puede ser tarea de una única institución.
Se necesitan expertos, gobiernos locales, el Estado y una comunidad que comprenda el valor del espacio en el que vive.
Hay que proteger antes de la catástrofe
Una gran parte del sistema de protección del patrimonio cultural se ha orientado tradicionalmente hacia la conservación y la restauración.
El cambio climático exige un paso adicional: la prevención.
Esto implica evaluación de riesgos, modelización climática, monitoreo sistemático, sistemas de alerta temprana y planes de intervención de emergencia.
Por ello, la investigación también analiza la posibilidad de crear un fondo específico para monitoreo e intervenciones de emergencia en el ámbito del patrimonio cultural.
Este enfoque parte de la idea de que resulta más barato y responsable evitar grandes daños que intentar restaurar un bien cuando el daño ya se ha producido.
Pero para que el sistema funcione son necesarios datos claros, cooperación institucional y procesos transparentes de toma de decisiones.
El patrimonio como inversión en el futuro
El cambio climático plantea una pregunta que va más allá de los monumentos individuales.
¿Qué queremos que permanezca después de nosotros?
El patrimonio cultural constituye un vínculo físico entre el pasado y las generaciones que todavía están por llegar. Su conservación no consiste únicamente en intentar preservar algo antiguo.
Es una decisión para que una parte de la memoria y de la identidad compartidas siga disponible en el futuro.
En las condiciones del cambio climático, esta decisión resulta cada vez más exigente.
Los monumentos no podrán adaptarse por sí solos a un nuevo clima. Las instituciones y la sociedad tendrán que adaptar la manera en que los protegen.
La protección del patrimonio cultural no es, por tanto, un gasto que deba atenderse después de otros problemas considerados más importantes. Es parte de una relación a largo plazo con el espacio, el medio ambiente y la identidad de una comunidad.
Para leer el trabajo de investigación completo de Bojan Branković, incluida la metodología, los resultados, las referencias académicas y la bibliografía completa, consulte los documentos que aparecen a continuación.



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